«Hijo mío, ten presente que el hacer muchos libros es algo interminable y que el mucho leer causa fatiga» (Ec 12:12). Así escribió el Predicador hace miles de años. ¿Qué habría escrito si hubiera vivido después de la invención de la imprenta? Además, tomemos en cuenta que para comunicar lo que
escribió, ¡hizo otro libro! ¿Quién puede calcular la importancia que ha tenido el libro a lo largo de la historia humana? ¿Hasta qué punto hubiera sido posible la civilización moderna, heredera de la cultura grecorromana y judeocristiana, sin el libro? ¿Y hasta qué punto sin el libro hubieran sido posibles el cristianismo y la iglesia?
Sin embargo, hay razones para preguntarse si el libro tiene futuro. Hace ya varias décadas McLuhan y otros «profetas» anunciaron la desaparición del libro. Por lo menos hasta el momento, sus predicciones no se han cumplido, ni para bien ni para mal. Para bien, porque todavía es posible que cualquiera que sepa leer disfrute de los beneficios de la buena lectura. Para mal, porque siguen publicándose millares de libros que no merecen la inversión ni del dinero que exige su producción ni del tiempo que demanda su lectura.
A pesar de lo dicho, parecería que a comienzos del tercer milenio se están produciendo cambios socioeconómicos y culturales que ponen en duda el futuro del libro. ¿No será señal de esto la polémica entre los organizadores de la Feria del Libro 2001, realizada recientemente en Buenos Aires, al finalizar la misma? Los que conocen los entretelones de la organización de la Feria mantienen que, si bien hay una amplia gama de opiniones en cuanto a los verdaderos alcances del evento, ninguno de los organizadores lo consideró un éxito. Tal vez este juicio esté muy condicionado por el tema de las ganancias pecuniarias como medida del éxito, y en ese caso no se puede desconocer el papel preponderante que juega el problema de la recesión en la Argentina. Aun así, cabe preguntarse si uno de los factores de peso para la eventual desaparición del libro en el futuro no va a ser la pérdida de capacidad de compra por parte de miles y millones de lectores potenciales.
Hay, sin embargo, por lo menos un factor de mayor peso que amenaza la supervivencia del libro, y es el lento pero seguro avance de la denominada cultura posmoderna. Caracterizada, entre otras cosas, por la reacción contra el racionalismo y el énfasis en la experiencia, esta cultura va ganando terreno y expulsando de la vida todo aquello que esté asociado con el pensamiento crítico, el análisis y la reflexión. Está despuntando un nuevo día para la raza humana: el día de los sentimientos y las emociones, el símbolo y el rito, la imagen y el mito.¿Qué lugar puede tener el libro en esta cultura?
Cabe subrayar que no todo en la cultura posmoderna es negativo. Como han señalado varios estudiosos, esta cultura plantea la posibilidad de recuperación de dimensiones de la enseñanza bíblica que quedaron sepultadas en teologías fuertemente condicionadas por la modernidad; rompe el monopolio de la «razón instrumental» y da espacio a la «razón comunicacional».
Eso no quita, sin embargo, que como cristianos sigamos afirmando la importancia del estudio y la reflexión y, por ende, de la lectura. La experiencia que no va acompañada por la reflexión se queda trunca porque no conduce a la sabiduría. La alternativa al racionalismo moderno no es la irracionalidad posmoderna, sino la racionalidad de la fe, la que conjuga mente y corazón, ciencia y arte, estudio y oración, la Palabra y el Espíritu.
Esto presupone el cultivo de hábitos de lectura, empezando con la más básica, aunque no única, que es la lectura de la Biblia. Hubo tiempos en que al pueblo evangélico se lo conocía comúnmente como «el pueblo del Libro». Con frecuencia las iglesias se constituían en verdaderos centros de alfabetización donde hasta los miembros más humildes se familiarizaban con la Biblia hasta tal punto que se sentían herederos directos de toda la rica experiencia del pueblo de Dios a lo largo del Antiguo Testamento y del Nuevo. Hoy nuestras iglesias están llenas de analfabetos bíblicos; en términos del apóstol Pablo, de «niños zarandeados por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de enseñanza y por la astucia y los artificios de quienes emplean artimañas engañosas» (Ef 4:14). Uno de los llamados más urgentes, por lo tanto, es el llamado a volver a las Escrituras, las que dan testimonio de Jesucristo (Jn 5:39).
La lectura de la Biblia debe ser complementada por la lectura de libros que contribuyan al crecimiento de los creyentes en la práctica de la fe, la esperanza y el amor. La historia de la Iglesia demuestra que el libro ha sido, a lo largo de los siglos, uno de los medios de gracia más usados por Dios para el cumplimiento de su propósito en su pueblo y por medio de su pueblo. Esto no niega el valor de otros medios de comunicación que la tecnología moderna ha puesto al alcance de muchos. El hecho es, sin embargo, que el libro sigue siendo el medio más económico y, por ende, más popular de difusión de ideas-fuerza capaces de renovar la mente con miras a la transformación de toda la vida a nivel personal y social. Mientras se lo use como tal, por lo menos en la comunidad cristiana el libro tiene futuro.
Fuente: http://www.kairos.org.ar/articuloderevista.php?ID=292
Sobre el autor
C. René Padilla
Ecuatoriano, es Director del Instituto de Formación Bíblico-teológica, Pastoral y Misionológica, Secretario de Publicaciones de la Fraternidad Teológica Latinoamericana, Director de Publicaciones de la Fundación Kairós y Presidente Emérito de la misma.
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